Un balcón luminoso con vistas a la ciudad da mucho juego.
Sobretodo cuando hay días grises y tras las nubes se esconde la luz macilenta que sale de a poco, como pidiendo permiso. Entonces uno se vuelve ave que deambula por entre los tejados, un paseante solitario que no se monta en los taxis, o vuelve a ser niño tras las canciones de un juego infantil.
De todas formas, al abrir el ventanal el aire de la primavera trae el aroma de las flores más olorosas y en el bar de la esquina la cliente sigue anestesiada con el deporte del balón.
Sobretodo cuando hay días grises y tras las nubes se esconde la luz macilenta que sale de a poco, como pidiendo permiso. Entonces uno se vuelve ave que deambula por entre los tejados, un paseante solitario que no se monta en los taxis, o vuelve a ser niño tras las canciones de un juego infantil.
De todas formas, al abrir el ventanal el aire de la primavera trae el aroma de las flores más olorosas y en el bar de la esquina la cliente sigue anestesiada con el deporte del balón.
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