Los días de cumpleaños vienen así como de improviso, nadie los llama y, sin embargo, al final llegan. De repente, uno los ve como desde el andén de una estación impávida y solitaria y al sonar la duodécima campanada en el reloj del hall, aparecen como un tren que hace tiempo que esperáramos pero del que no recordamos su hora ni siquiera su trayecto.
Son un viaje al pasado, a la inequívoca estampa del album familiar en la casa de los abuelos, en esos días entre semana en los que la pastelería el Sol brindaba tartas de chocolate de varios pisos, y yo me hacía experto en el relleno almendrado de su crema, artesano sin haber entrado nunca en un obrador. Me adhería al oficio del bebedor de fanta naranja, recibía los regalos, pero pocos amigos podían venir a esta fiesta ideada por adultos, en las que se desteñía la gris melancolía que Granada fabrica sobre sus aceras. No faltaban sus conversaciones a las que yo parecía totalmente ajeno, y entonces recurría a mi cuarto de juegos, ese lugar donde la ropa era lavada y doblada, más conocido como cuarto de la plancha. Mi abuela al oir los primeros balonazos erráticos contra la pared siempre protestaba. Con el tiempo, se fue acostumbrando a ese lento martilleo sobre las paredes encaladas, manchadas por el golpeo del balón de plástico.
En la adolescencia, invitaba a amigos que no gustaban en casa. Parecían sacados de archivos policiales, e incluso había que registrarlos antes de la entrada. Se podría decir que era un paraíso cerrado a propios y extraños. Una suerte de paraíso que recordaba a las casas de pueblo en las que el luto era el pan nuestro cotidiano, y el sacrificio el arma combativa.
Desactivada esta cuadrilla de subversivos hijos de progres, que nunca osarían a transformar realmente la realidad, me inicié en un camino solitario en la facultad, conociendo llamésmole a mi primer gran amor oficial, después de varias tentativas ruinosas, en las que se repetía el mismo cuadro de amor masoquista con tendencias al sufrimiento como método de placer.
No se preocupen, estimados lectores y lectoras, este asunto es más común de lo que se creen.
En ese tránsito abracé ideas políticas, enarbolé banderas, murió mi madre después de una enfermedad rápida y contundente, conocí al espectro de mi padre, un señor venido a menos en su recta final de la existencia, me mudé a Madrid, tuve hijos, contraje matrimonio civil, conocí el amor de otra manera desde otra perspectiva, pero ella no está dispuesta a llevarlo a cabo.
Salí de mi círculo cómodo y me enfrenté a mis fantasmas internos.
Descendí al crudo asfalto y empecé a valorar lo que tengo a día de hoy:
Dos tesoros llamados hijos por los que sangro, sudo y moriría si fuera preciso.
El tren se ha parado.
Bienvenido a la estación del ahora.
Los días de cumpleaños nos traen la arquitectura de un recuerdo, el agradecimiento a los que estuvieron presentes y a los que están presentes, la construcción del autoconcepto y la persistencia del tiempo que es.
Son un viaje al pasado, a la inequívoca estampa del album familiar en la casa de los abuelos, en esos días entre semana en los que la pastelería el Sol brindaba tartas de chocolate de varios pisos, y yo me hacía experto en el relleno almendrado de su crema, artesano sin haber entrado nunca en un obrador. Me adhería al oficio del bebedor de fanta naranja, recibía los regalos, pero pocos amigos podían venir a esta fiesta ideada por adultos, en las que se desteñía la gris melancolía que Granada fabrica sobre sus aceras. No faltaban sus conversaciones a las que yo parecía totalmente ajeno, y entonces recurría a mi cuarto de juegos, ese lugar donde la ropa era lavada y doblada, más conocido como cuarto de la plancha. Mi abuela al oir los primeros balonazos erráticos contra la pared siempre protestaba. Con el tiempo, se fue acostumbrando a ese lento martilleo sobre las paredes encaladas, manchadas por el golpeo del balón de plástico.
En la adolescencia, invitaba a amigos que no gustaban en casa. Parecían sacados de archivos policiales, e incluso había que registrarlos antes de la entrada. Se podría decir que era un paraíso cerrado a propios y extraños. Una suerte de paraíso que recordaba a las casas de pueblo en las que el luto era el pan nuestro cotidiano, y el sacrificio el arma combativa.
Desactivada esta cuadrilla de subversivos hijos de progres, que nunca osarían a transformar realmente la realidad, me inicié en un camino solitario en la facultad, conociendo llamésmole a mi primer gran amor oficial, después de varias tentativas ruinosas, en las que se repetía el mismo cuadro de amor masoquista con tendencias al sufrimiento como método de placer.
No se preocupen, estimados lectores y lectoras, este asunto es más común de lo que se creen.
En ese tránsito abracé ideas políticas, enarbolé banderas, murió mi madre después de una enfermedad rápida y contundente, conocí al espectro de mi padre, un señor venido a menos en su recta final de la existencia, me mudé a Madrid, tuve hijos, contraje matrimonio civil, conocí el amor de otra manera desde otra perspectiva, pero ella no está dispuesta a llevarlo a cabo.
Salí de mi círculo cómodo y me enfrenté a mis fantasmas internos.
Descendí al crudo asfalto y empecé a valorar lo que tengo a día de hoy:
Dos tesoros llamados hijos por los que sangro, sudo y moriría si fuera preciso.
El tren se ha parado.
Bienvenido a la estación del ahora.
Los días de cumpleaños nos traen la arquitectura de un recuerdo, el agradecimiento a los que estuvieron presentes y a los que están presentes, la construcción del autoconcepto y la persistencia del tiempo que es.
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