La soledad de Paco

Paco en sus cincuenta años albergaba algunas esperanzas. Llamaba de vez en cuando a Chelo, una compañera de oficina, a la que agasajaba con invitaciones para ir al cine los domingos, al teatro los martes, a la que enviaba bombones y rosas de un color rojo intenso en fechas imprevistas pero no tenía demasiado éxito en sus intentos de seducción.
Sin embargo, aquella tarde de domingo siguiendo el rito de los cortejos volvió a telefonear a su amor platónico que lo había rechazado sistemáticamente en los días anteriores.
Quedaron en el sitio acostumbrado. Desafiando a las leyes de la física, Paco se condujo por el metro de Callao como un electrón viaja a la velocidad de la luz. Cuando salió al exterior, contempló como de costumbre las luces azules de neón del hotel Atlántico. "La mar está en calma y veré a Chelo", se decía este don juan sin medalla, que todavía albergaba la aspiración del amor. Pero Chelo llegó tarde y empapada. Llovía, sí, llovía a cántaros y la calle era un río donde van a fenecer las almas inmóviles. Desdeñando el paraguas que Paco le ofrecía y argumentando algunas malas excusas Chelo encendió un cigarrillo en mitad de la noche destartalada donde las sirenas de hielo deambulan por la ciudad. De Paco le molestaba esa oculta caballerosidad de la educación patriarcal donde los lobos se muestran serviles antes de devorar a sus presas.
Fueron al teatro y vieron una obra de Bertold Brecht. Una muy reivindicativa y moderna para su tiempo, que sacudía todos los cimientos del sistema en que fué creado y proponía un andamiaje necesario para ciertas épocas de la historia actual de España, comentaba Paco.
De todas formas, a Paco le importaba más la mirada de Chelo. Ésa a la que había consagrado tantas palabras, a la que había dedicado tantas horas, y tanta energía, ésa que proponía la más cálida belleza en su concepto.
Él miraba a su mirada, se reflejaba como un niño inocente en su espejo preclaro, pero no obtenía más que la imagen borrosa de un espectro, del tiempo que se fue y no vendrá, de la decadencia anunciada que propone un día de la semana, reflejado en un almanaque a punto de no ser útil.
Ella no estaba por la labor. No accedía al laberinto que Paco proponía y cuando él acariciaba su rostro o su pelo, se defendía y esquivaba, boxeadora experta.

Al terminar la velada, se despidieron en el vagón. Paco quedó amortajado, queriendo beber todo el vino de las bodegas y escribir la crónica del enésimo naufragio con Chelo.
Ese instante ulterior a la nada, deja el vacío de una presencia, tras el pitido del tren en la estación.
La soledad, la ciudad y Paco.

Comentarios